domingo, 5 de febrero de 2012

Comienzo...

Un hombre mayor, de casi setenta años y que apenas hablaba francés, descendía ágil de un vagón de tren en el centro de París y se sumergía ensimismado en el humo brumoso de la ciudad. Llegaba de Italia, donde había permanecido un año, pero antes vivió en Holanda, Bélgica y en otros lugares que ya casi había olvidado. Porque deambulaba por Europa como lo hace un perro callejero por las calles de un pueblo que apenas conoce: deprisa y con miedo.
El hombre huía de algo, o de alguien. Por eso prefería llevar poco equipaje: una pequeña mochila de cuero y un bolso en el que guardaba algo de ropa, unos cuantos libros y una pequeña caja de madera, apaisada y estrecha, con documentos personales.
Había aterrizado en Francia como podía haberlo hecho en cualquier otro rincón del mundo, con la certeza de que tal vez también dejara pronto el país. Pronto y en silencio. Como en los últimos quince años. Rápido y sin mirar atrás.
Antes de que ellos, incansables siempre, consiguieran algún día dar con él.  


Media hora antes, un joven oriental miraba al anciano de soslayo. Éste apretaba contra su pecho los dos bultos que componían su único equipaje. Se mantenía en silencio, distraído. Apenas percibió la presencia del muchacho.
Ryu se había sentado enfrente de él.
Acarició la pequeña hendidura cercana al labio, recuerdo de una pelea callejera de adolescente en los suburbios de Génova, como solía hacer cuando se concentraba en una idea o buscaba soluciones a un problema. El cristal de la ventanilla del tren le devolvió el paisaje acelerado y difuso de las proximidades de la ciudad. Estaban llegando a París y debía actuar con rapidez, sin perder un instante. Se incorporó hasta el anciano y le habló en chino:
-Señor, ¿viene a Francia por primera vez? –dijo, pareciendo querer comenzar una conversación de cortesía con un compatriota.
No obtuvo respuesta. Jin Tao apenas lo miró. Ryu volvió a dejar descansar su espalda sobre el cómodo respaldo color corinto. La persona más cercana que pudiera escucharles se encontraba a varias plazas, pero quiso ser prudente.
Se aventuró de nuevo.
-Vivo en Hong Kong, ¿y usted? Viajo a Europa un par de veces al año por negocios.
Pero Jing Tao parecía encontrarse muy lejos en ese momento. Sólo una reflexión ocupaba su mente. Calculaba la distancia que le quedaba hasta llegar a la capital, y los kilómetros transcurridos hasta entonces, mientras seguía apretando su mochila y su bolso contra sí mismo. Llevaba horas sentado en el mismo sitio, sin más gesto que un mirar nervioso de vez en cuando para descubrir cómo la ventanilla engullía el paisaje. Se tocó las piernas, entumecidas por  la inmovilidad.
Ryu no fue ajeno al desinterés del anciano. Sacó entonces de su bolsillo un periódico doblado mil veces y lo desplegó despacio, al tiempo que hablaba con naturalidad.
-Es buena época para los negocios. Importación-exportación, ya sabe. Europa necesita liquidez y el crecimiento de nuestro país nos posibilita hacer buenas transacciones.
El tren comenzaba a entrar en las afueras de la ciudad. Ryo no pasó por alto el detalle. El tiempo apremiaba.
-Afortunadamente, estos países han descubierto los beneficios de consolidar relaciones económicas con nosotros –sonrió el joven, con un relámpago de picardía en los ojos-. Y de esto, la única beneficiada es China.
Ryu se había vuelto a acercar al anciano mientras bajaba la voz al pronunciar su última frase, en un deseo que involucrar a su interlocutor en algo que parecía querer ser una confidencia.
Al escuchar ésto, Jing Tao pareció reaccionar. El tono del joven y su afirmación le habían parecido una insolencia. Fijó sus ojos, pequeños y oscuros, en el rostro de Ryu. Su voz sonó hueca, desprovista de vida. A Ryu se le heló por unos segundos la sangre ante la contestación:
-Querrá decir: “usted”.
-¿Cómo? –parpadeó, sorprendido ante la súbita reacción y el color de sus palabras.
-Que el único beneficiado será usted –repitió un hierático Jing Tao, que comenzaba a sentir un agudo desprecio por aquel muchacho molesto.
-No entiendo…
-No mezcle a China con sus ambiciones personales. 
         Ryu sonrió ampliamente para sus adentros, pero se cuidó mucho de demostrarlo. Estaba satisfecho. Por fin había logrado abrir la imperturbable personalidad de aquel hombre. Y lo había conseguido arañando su orgullo. Se sintió hábil y válido para continuar en todo aquello.
Acarició de forma mecánica la cicatriz, casi sin darse cuenta, pasando una y otra vez su dedo sobre la piel suave de su contorno, mientras observaba ya sin pudor  cada uno de los movimientos de aquel anciano.



                                                               3


Ryu caminaba a grandes zancadas y aire desenfadado por un andén atestado de viajeros de ida y vuelta.            
A nadie hubiera extrañado su paso en un joven que llega a una ciudad hermosa y feliz llena de turistas. Pero el joven chino no había aterrizado desde Italia para ver París. Ni siquiera procedía de Hong Kong o buscaba cerrar rentables acuerdos comerciales, tal como le había revelado a Jing Tao. Era sólo el hijo de un modesto tendero chino asentado en un barrio de Génova, que hacía dos años se había embarcado en una misión que ahora lo llevaba a Francia.
            Minutos antes había bajado tras el anciano al llegar a la estación de ferrocarril.
            No podía fallar ahora, así que se esforzó en no perder su caminar ágil.
            -¿Estás seguro que es él? –le había preguntado un mes antes una voz al otro lado del teléfono.
            -Estoy seguro. He olfateado su pista por toda Génova y sí, es él.
            Un chivatazo le había puesto sobre el caso y muchas horas de vigilancia habían hecho el resto.
Ahora lo tenía muy cerca, incluso había podido hablar con él unos minutos.
Era él.
Sacó una cámara de fotos de su cazadora y fingió interesarse por las estructuras metálicas de la Estación. Pero Jing Tao se escurría entre la multitud como una serpiente, así que aceleró el paso.
Lo localizó entre un horizonte difuminado por cabezas y rápidamente manipuló el zoom para sacar una instantánea mientras el anciano se alejaba por los pasillos rumbo a la salida.
Una, dos. Dos fotos y, sin darse apenas cuenta, cientos de personas le nublaron el rastro del hombre. Estiró todo lo que pudo el cuello, agudizó la vista hasta intentar vislumbrar con claridad en la distancia, pero, tras unos segundos, suspiró decepcionado para sus adentros.
Lo había perdido.
Definitivamente, aquel hombrecillo le había dado esquinazo.
Se ajustó la mochila al hombro y tocó con la punta de los dedos la cámara de fotos que de nuevo descansaba en su bolsillo, con el retrato de su compatriota en el interior. Por lo menos, tenía aquello. Una prueba.
            Salió hasta la calle, en una mañana que se esforzaba por traspasar los cristales del edificio. Bien, ¿y ahora qué? Había llegado hasta allí en busca de un objetivo y acababa de perderlo. ¿Cuál debía ser su siguiente paso?
            Merodeó por los alrededores, pero no encontró rastro alguno de Jing Tao. ¿Cómo podía haber desaparecido tan pronto? Quizá cogió un taxi. O un tren de cercanías hasta otro lugar de Francia. Ryu dudó de ello. Sabía que aquel hombre se ocultaba en ciudades grandes, donde es más fácil pasar inadvertido.
            Aún le quedaba concluir un trámite.
            Rumbo a ninguna parte, buscó entre las calles el rastro de Jing Tao. Lo haría sin descanso lo que restaba de día. Siguió su pista durante horas, pero el anciano parecía haber sido tragado por la ciudad. Era como encontrar una aguja en cien pajares juntos. Comprendió que su misión había terminado y era hora de informar a sus superiores.
            Encontró un modesto hotel donde hospedarse esa noche hasta la vuelta a su país al día siguiente. Entró en uno, pequeño pero moderno. No lo dudó y reservó una habitación.
            -¿A nombre de quién, por favor? –el hombre del mostrador no se sorprendió por su cliente oriental en la cosmopolita París.
            -Ryu Shan.
            Sacó su pasaporte de ciudadano italiano y de su billetera el importe, que pagó por adelantado.
            -¿Quiere una exterior y con vistas o…?
            Ryu le hizo un gesto con la mano al encargado indicándole que le daba igual. Después de todo, no estaba allí por turismo.
Se dirigió a su habitación. Estaba impaciente. Tanto que, nada más entrar y cerrar la puerta, y sin dirigir apenas un vistazo a la estancia, se acercó a la gruesa mesa de madera ubicada en un lado del cuarto y abrió su mochila. Encendió enseguida su ordenador portátil y conectó la cámara fotográfica.
Los segundos corrían despacio en el reloj.
Allí estaba, por fin. Miró nervioso la instantánea en la pantalla. No era muy buena pero era lo único que había podido conseguir. Apenas un rastro entre los viandantes, algo desvaído por las condiciones en las que lo había tomado. Agrandó la silueta para observarla mejor. De perfil, un hombrecillo de pelo blanco y con dos bultos como equipaje caminaba entre la gente. Vestía un gabán verde y unos pantalones amplios.
Acto seguido, adjuntó la imagen a un email conocido. Un email con destino a Gran Bretaña, dirigido a la misma persona que hacía unos treinta días le había realizado la pregunta clave:
-¿Estás seguro que es él?
Estaba seguro.
-Sabes que corremos con todos los gastos. No escatimes esfuerzos.
Sus esfuerzos se habían concretado en una búsqueda incesante del anciano desde que se supo que se escondía en Génova. Ahora, en París, sería mucho más difícil seguirle el rastro. Pero su misión terminaba allí. Otros la continuarían. Así funcionaba aquella tela de araña.
La foto seguía su curso por la red, enviada junto a un mensaje, intencionadamente escueto por motivos de seguridad, que le indicaba a su receptor, simplemente:       
                                               O. 685x.
13.35 París”.

                                              

No hay comentarios:

Publicar un comentario