jueves, 23 de febrero de 2012

El individuo Urdangarin y los ciudadanos bobos

Iñaki Urdangarin, Urdangarinín para todos, ya que se ha colado en nuestras casas de forma habitual y cotidiana desde hace meses, facturas falsas por aquí, evasión de capitales por allá, ha pasado de ser el alumno pillo más aventajado al alumno que, todo lo que ve, lo pilla. Presuntamente, claro. En una presunta España donde, presuntamente, todo el que puede mete la mano en la presunta caja de los ciudadanos bobos, que somos el resto, lo hace. Para hacerse rico no hace falta tener estudios. De hecho, ni en EGB ni en BUP aprobaba una, pero qué más da. Pelillos a la mar. El oropel todo lo cubre. Y ahora, la monarquía, que había venido trazando una conducta ejemplar desde 1975, comienza a deshilacharse.
Siempre defiendo ante mis amigos republicanos (que son legión) que hay razones de peso para mantener la Corona en nuestro país. Que es necesaria para vertebrar un territorio actualmente invertebrado, que se haría trizas con un simple manotazo de políticos de mente estrecha y boina calada. Al menos mientras siga siendo ejemplar y modelo para todos, la Corona ha de existir. Los presidentes de las Repúblicas son tan corruptibles como todos, y quizá sólo gente preparada desde la cuna con un sentimiento especial de servicio a los ciudadanos, a su “pueblo”, históricamente heredado, debe ser digna de figurar en lo más alto del escalafón. Que mientras el rey de turno sea eficiente, que siga, en suma. Aunque es verdad que es España, si repasamos un pelín los libros de Historia, no podrían muchos Borbones sacar pecho.
Estos eran mis argumentos. Hasta ahora. Nada demoledores, desde luego, pero tan válidos como los contrarios. Pero el individuo Urdangarin, o Urdangarinín, me ha obligado a cambiar de opinión.  
Porque tiene un pase que alguien que lleve sangre de reyes tenga ciertos privilegios (los políticos ostentan muchos y tienen la sangre de horchata). Que las medidas de seguridad y sus viajes los paguemos todos, es lo mismo que cuando hemos pagado a Gallardón sus viajes por todo el mundo para publicitar la candidatura olímpica de Madrid o los coches oficiales de los diputados. Pero, al menos, el rey es nuestro mejor embajador, y si levanta el teléfono y le pide al ricachón árabe de turno que invierta 3.000 millones de euros en empresas españolas, el jeque corre y lo hace por su amigo. Hasta ahí, bien. Pero que de pronto aparezca en escena un tipo sin más curriculum que el haber metido goles durante años y se crea príncipe, media un abismo.
            Claro que tampoco le vamos a pedir al hijo de un activo nacionalista vasco y una belga (con lo que nos odian los belgas; será cosa de las guerra de los Países Bajos) que entienda lo que es servir al pueblo español. Faltaría más. Demasiado que ponía cara de interés el 12 de Octubre en el desfile militar. O que parecía atento ante el izado de la bandera.
            Sería buen chico, no lo dudo, pero confieso que me revienta que alguien que lo tiene todo, y apenas ha hecho nada para merecerlo, quiera seguir siendo el más listo de la clase, aquel compañero que todos hemos sufrido en nuestra clase, que se reía del esfuerzo de los demás mientras él sacaba notable copiando. Si hay atajos, te decía. Y a ti se te quedaba cara de tonto/a porque llevabas semanas estudiando. Y ahora, elaboras sesudos proyectos que buscan financiación y que nadie va siquiera a leer porque existen urdangarines a los que les basta mostrar la dentadura para que el politiquillo de turno le ponga sobre la mesa 300.000 € por 11 páginas.
            Pasado mañana, Urdangarinín confesará ante el juez que no sabía nada, ni facturas falsas, ni opacidades, ni fraudes a Hacienda, que todo ha sido un error y que ha sido engañado. Le impondrán una fianza bestial para acallar bocas y una buena multa para silenciar conciencias. Y ya está. Cuando el juicio termine (años), habrá mucho ruido y pocas nueces. O menos ruido del que pensamos. Seis meses después nadie se acordará del caso. Él seguirá viviendo como un dios junto a su mujer (qué decepción de Infanta), disfrutando de guardaespaldas, colegio pagado por Telefónica, viajes, casa y sueldazo por ser consorte, y surgirá en el panorama nacional, o provincial o autonómico, un nuevo listillo, que mostrará ante quien mande –politiquillos de carrera- una dentadura brillante para, en el fondo, desternillarse de todos nosotros. Nosotros. Pobres pardillos, ciudadanos bobos. 

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