miércoles, 15 de febrero de 2012

Ha nacido una nueva clase...

 Porque un escritor (en mi caso, también historiadora) no debe estar nunca ajeno a todo lo que afecte a la sociedad en la que vive, vamos a trazar algunas ideas que conviene tener en cuenta:
            1.-En la Historia de España jamás se han aplicado reformas contundentes que terminaran de una vez por todas con los problemas que se iban sucediendo, régimen tras régimen. Demasiado miedo a remover el statu quo imperante. Es curioso que a principios del siglo XX todavía persistieran los mismos problemas de vinculación a la tierra en muchos lugares de España que dos o tres siglos atrás -recordemos el estado de semiesclavitud de los jornaleros manchegos, andaluces y extremeños en las grandes propiedades todavía en los años 20-.
Un país tan complejo como el nuestro hubiera necesitado una reacción política mucho más rotunda a la hora de la toma de decisiones.

            2.-Las clases privilegiadas han ido cambiando con el tiempo, pero siempre han estado presentes en el organigrama dirigente del país. Antes, el clero y la aristocracia; ahora banqueros y políticos.

            3.-La incapacidad del Estado, siempre caminando a pasos lentos, de funcionar de forma continua y progresiva. Sólo personalidades brillantes, ejecutando medidas eficaces, han facilitado el desarrollo. Pero han sido casos demasiado intermitentes como para favorecer un sistema creciente y gradual de evolución nacional.

            4.-Las guerras, las confrontaciones eternas -entre nosotros y con otros países-, nuestros propios desencuentros ideológicos y disputas, han sido el mayor freno. Un país complicado que, sin embargo, nunca se ha dado por vencido. 

            A todo esto hay que unir que un peso de la tradición y de la mentalidad anclada en sus propios roles -pero con diferentes nombres- ha constituido otro evidente obstáculo para el progreso:
a) la tenencia de una propiedad –lo que hoy sería una vivienda-.
b) la seguridad de un salario fijo en la Administración, en vez de la capacidad de crear riqueza.
c) la apatía hacia la política –hasta el siglo XIX, al pueblo llano no le interesó porque la política lo mantenía al margen y no contaba con él para la toma de decisiones-.
d) la creación, en este siglo XXI, de una nueva “clase” instalada con fuerza en el seno de la sociedad española: la clase política, endogámica y privilegiada, alejada del resto de la ciudadanía desde su relación absoluta con el poder. Un fenómeno que se llevaba gestando siglos, pero que ahora irrumpe con ímpetu y logra establecer sus vínculos y estructuras. Donde se puede poner el ejemplo de un político  de 30 o 35 años, que no haya trabajado más que en esta profesión –por tanto, no sabemos su nivel de eficacia, dado que siempre ha estado resguardado por su partido- puede tener ya su vida económica y laboralmente resuelta.
            Una clase poderosa difícil de desmantelar, puesto que cuenta, y hace uso, de todos los resortes que encuentra a su alcance para perpetuarse.

Hemos heredado, y acrecentado, una excesiva burocratización del Estado, lo que merma considerablemente su eficacia, junto a la atomización de poderes; una falta de ética política, al escasear, en muchos casos, la vocación de servicio público, desembocando en ocasiones en actos de corrupción; y un gasto público y derroche por encima de las posibilidades reales y de forma completamente ajena al ciudadano. Una herencia muy pesada que, a menudo, condiciona y afecta a la sociedad de todo un país.
            

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