domingo, 26 de febrero de 2012

Mi experiencia con la SGAE

Hace ya unos años, hacia 1998, durante la realización de un curso de guión cinematográfico al que asistí como alumna, vino una señora a darnos una charlita sobre las bondades de la SGAE. Yo aún no me había interesado demasiado por los entresijos de ésta u otras organizaciones parecidas (creo que la DAMA estaba en puertas o había sido ya creada), pero hubo dos cosas que  me sorprendieron vivamente: la altanería de aquella mujer al explicárnoslo todo y el hecho de que se pusiera con una fiera ante las críticas/comentarios de algunos de mis compañeros. Creo que a mí, en mi bisoñez, me hubiera convencido, pero la actitud de mis compañeros lo hizo más. Aquella autoritaria señora nos había entregado una carpeta con folios ilustrativos acerca de la necesidad de los autores a afiliarnos a la SGAE. Prácticamente colocó delante de cada uno de nosotros un contrato para, una vez atendidas sus explicaciones, lo firmáramos allí mismo. Nadie lo hizo, claro. Demasiada polémica se había suscitado en la conferencia como para fiarse. Y una conclusión se me quedó en mente: hay que tener siempre en cuenta a quien mandas para convencer de tu idea a los demás.


Años después, fui a la SGAE (no había más que ver el edificio/palacete madrileño que la albergaba para entender muchas cosas) para ver si podía ser socia, enterarme y tal. Un señor muy altivo, a ver a aquella chiquilla dubitativa y torpe, me informó que tenía que tener  no sé cuántas producciones  hechas, libros o canciones editadas y un montón de papeles que rellenar para que en asamblea de socios se evaluara mi petición, etc., etc. Yo suelo desconfiar siempre de las cosas excesivamente complicadas, pero además salí con la impresión de que aquel hombre había querido darme largas y asustarme con un montón de trabas.
            Aún en años posteriores quise poner a un documental mío una canción de un grupo de música. Los llamé directamente para pagarles a ellos y me remitieron a la SGAE. Su página web me mareó con papeles y firmas, y contratos, y más papeles, y volví a hablar con el grupo: “perdonad, ¿no podríamos zanjar esto entre los interesados? Decidme lo que queréis de canon y vuestro número de cuenta, y ya está”. Imposible, me contestaron. Esto lo lleva la SGAE, no podemos actuar por nuestra cuenta y… Ya, pero la canción es vuestra… Sí, pero hemos firmado contrato…
            Total, que advertí que, a pesar de haber compuesto ellos la canción, estaban atados de pies y manos. O es que eran bobos. Al final, terminé por no utilizar la melodía (que les podía haber servido de publicidad, además) y se la encargué a un amigo (que me la dio gratis). Todos contentos: ellos no habían vulnerado su querido contrato y yo me encontré con la música gratis de mi amigo.
            Con el tiempo hemos sabido que la SGAE cobraba hasta a los chavales de Instituto por representar La Casa de Bernarda Alba en su fiesta de teatro de fin de curso. Y ahora nos levantamos con que Teddy Bautista se ha colocado una pensión vitalicia de 24.000 €/ mes. No conozco los detalles, aunque leo que es irrevocable. Viendo las incongruencias que vivimos en España, no me extrañaría. Supongo que la SGAE habrá también hecho bien su papel, aunque el abuso (y el desvío de fondos, como luego hemos sabido) es algo de lo que no ha estado exenta. Sólo espero que no me cobren derechos por haber usado su logo para este artículo...
          Exactamente igual que la presidenta de la CAM, que nada más aterrizar en su nuevo sillón de diosa-banquera hizo cuentas para cobrar 30.000 € mensuales al jubilarse. Ah, y se subió el sueldo a sí misma. Con un par.
            Y yo digo, ¿es que no existen vacunas para que los ciudadanos nos podamos preservar de tanto despotismo?
            Mañana volveré a mi novela (sin abandonar el blog), a mis largas horas delante del ordenador, un tanto apartada de tanta basura como nos denuncian diariamente los periódicos. Con un poco de suerte, cuando salga mi libro a lo mejor me dará para pagar la compra de la semana y la factura de la luz. Honestamente y sin chanchullos. Con un par.

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