viernes, 24 de febrero de 2012

Un chino en París


"El Barrio Chino está situado en el mismo distrito en el que yo vivía. Un pequeño Pekín artificial de comercios, restaurantes y tiendas con decoración de dragones de plástico y linternas de papel colgando por las calles, casas de imitación y el exotismo de los ideogramas conviviendo con una arquitectura francesa que se había terminando por imponer a la importada por los inmigrantes.
-Vayamos a tomar un poco el sol. Nos vendrá bien. Las calles están llenas de vida en París le dije al terminar de recoger el pequeño equipo que había llevado para poner un poco de música en la clase, aunque fuera en el parque.
            Él suspiró y pronunció con toda la ternura que ofrece oír hablar así a un anciano:
-Tengo sesenta y ocho años. Ya he visto demasiada vida.
Me recompuse de mi emoción y le pregunté:
-¿Cuánto tiempo lleva en Francia?
-Apenas cinco meses, creo.
-¿Dónde estuvo antes?
-Por ahí.
No parecía querer facilitarme las cosas. Quizá le molestaban mis preguntas. Aún así, no desistí. De todas formas, no tenía otra cosa mejor de qué hablar:
-¿En China?
-No, en China no. Llevo años fuera de mi país.
-¿Mucho?
-No sé, no me acuerdo.
Supuse que empezaba a tomar aquel cuestionario como un interrogatorio policial y que por ello evitaba sus respuestas.
-¿Y no ha pensado en volver?
-¿Para qué?
-No lo sé. Es su país.
-Ya no tengo nada allí.
-Pero es su tierra.
-Mi tierra viaja conmigo en los bolsillos.
Se agachó y cogió un puñado de tierra del parque. Se la metió en uno de los bolsillos de su chaqueta:
-¿Lo ve?
Me quedé boquiabierta.
Él, sin esperarme, me dejó allí, prosiguiendo su camino.
 Yo miraba el hueco que había dejado en el suelo con su puño al arañar la arena y, tras intentar cambiar como pude mi cara de boba, lo seguí después en silencio".
                                                                          (Donde acaban los mapas, 2012)
               


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