jueves, 29 de marzo de 2012

En el Pitiê-Salpêtrière

            "-Dígame su nombre, por favor.
-Jing Tao.
-¿De dónde es?
-De China.
-¿Cuántos años tiene?
-Sesenta y ocho, creo.
El doctor que le estaba preguntando conocía los datos, ya que figuraban en los documentos identificativos del anciano, pero quiso comprobar que el golpe que lucía en la frente, sobre la sien derecha, le dejaba razonar correctamente.
Recogió su carpeta y miró a sus colegas.
Jing Tao observó a los dos doctores que tenía ante él, y luego al suero que caía desde un delgado tubo hasta una de sus muñecas. Agradecía los cuidados, pero su única pretensión era salir de aquel hospital cuanto antes. Además, los focos le eran incómodos y le cegaban. No eran muy brillantes, pero había algo en ellos que le aterrorizaba, como los que veía a veces en algunas de sus pesadillas. Unos focos densos y blancos.
-Por favor, ¿es necesaria esta luz?
-¿Le molesta la luz?
El médico se acercó y le entreabrió un poco más los ojos para observar sus pupilas. Ningún problema en la retina.
-¿Cuánto tiempo lleva en el país?
-No lo sé. No me acuerdo.
Una enfermera se hizo hueco entre los dos médicos para preguntarle al anciano postrado en una de las camas del Hospital Pitiê-Salpêtrière:
-¿No tiene familia? ¿Alguien a quien poder avisar?
-No.
Los tres se miraron. ¿Qué podían hacer con ese hombre al que la policía había traído con un fuerte golpe en la cabeza, que apenas hablaba y parecía estar solo? Su documentación estaba en regla.
-Escúcheme se dirigió a Jing Tao el doctor de más edad, alzando un poco la voz como si temiera que no fuera a escucharle bien-, no tiene nada importante. Sólo un golpe en la cabeza producto de una caída. Pero dentro de una hora podrá marcharse.
-Es lo que quiero, marcharme. Esa luz
No habían conseguido que hablara mucho más. Uno de tantos hombres solos que deambulaban por la ciudad, pensaron los policías. Estaba en el suelo, débil y algo asustado cuando lo encontraron. Una mujer que lo vio tropezar llamó a comisaría. Parecía desnutrido. Seguramente llevaba varios de días sin comer.
-¿Qué vamos a hacer, doctor? la enfermera se apartó para susurrarle al médico.
-No mucho. En cuanto haya comido le daremos el alta. ¿Están todavía los policías?
-En la puerta, esperando.
-Voy a hablar con ellos.
El médico más joven se dirigió de nuevo a él:
-Después pasará la enfermera con el informe del alta. Mientras tanto, procure descansar le recomendó.
A Jing Tao le dolía mucho la cabeza, pero en lo único que pensaba era en huir de allí y resguardarse en un sitio seguro, lejos de cualquier amenaza. Sobre todo de aquel hombre joven que había ido hasta su casa a buscarlo.
Los tres salieron de la habitación, no sin antes apagar la luz que tanto daño parecía estar causando en los ojos cansados del viejo maestro de Taijiquan.
            Fue entonces, en la semioscuridad de la habitación, cuando su voz repitió lo que su mente le dictaba entre neblinas. Como un autómata.           
Me llamo Jing Tao y soy chino. Nací en la región de Hunan, hijo de campesinos. Me considero un héroe de la Revolución Cultural, a la que serví desde antes de cumplir los veinte años…”.
                                                       
                                                                         (Donde acaban los mapas)

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