viernes, 2 de marzo de 2012

Escondido en la ciudad


"Todos los martes y jueves, una veintena de hombres y mujeres variopintos intentábamos dejar atrás nuestra mentalidad occidental para abrirnos paso como humildes alumnos a una disciplina desconocida y con unos preceptos de base distintos. No éramos ni los primeros ni mucho menos los únicos que habíamos ofertado ejercicios de la tradición china en París, pero sí en aquella zona del barrio, más preocupado durante años por la implantación de nuevos comercios o la recuperación de espacios vecinales. Y así, poco a poco, logramos formar un grupo integrado y satisfecho con lo que hacía.

            Por eso no me sorprendió la visita una mañana de un hombre chino interesándose por las clases y por el profesor. Lo atendió Rose Marie. No volvió a aparecer. Sólo meses más tarde volvería a recordar aquel encuentro y sacaría algunas conclusiones.
            Pero el hombre ya había extraído las suyas, tras dirigirse directamente al mostrador:
            -Perdone…
            Rose Marie se acercó hasta él.
            -Dígame. ¿En qué puedo ayudarle?
            -El curso de Taijiquan. Ese que anuncian en el escaparate –se giró levemente para señalarlo.
            -Sí, ¿desea apuntarse?
            -No, no –sonrió su interlocutor-. El profesor, ¿quién es?     
            -¿Se refiere a Jing Tao?
            Jing Tao. Memorizó rápidamente su nombre. Podía ser él.
            -Si. Quiero decir –intentó no levantar sospechas, aunque dudaba mucho que aquella mujer pudiera pensar algo extraño- que si es bueno y conoce la disciplina. Pertenezco a una asociación y quizá podríamos pedirle que viniera a dar un par de charlas a nuestros socios, que son casi todos franceses interesados por nuestra cultura.
            -Ah, qué interesante…
            -Por eso me gustaría saber si el profesor, por ejemplo, lleva mucho tiempo aquí…
            -No, apenas un par de meses. Habla poco, aunque me parece que ha llegado del extranjero.
            -Entiendo –sus ojos comenzaron a brillar.
-Pero le puedo dar las máximas referencias, sí. Y seguro que le gustará la idea.
            -No le diga nada aún –atajó el oriental-. Antes debo consultarlo en la asociación. Ya me entiende. No estaría bien que se lo propusiéramos y luego, por razones de programación…
            -Claro, claro, me hago cargo. No hablaré del tema, tenga cuidado.
            -Se lo agradezco.
            El hombre salió de la tienda con el convencimiento de que podía tratarse de su objetivo. En la maraña desplegada, la comunidad china había encontrado cuatro nombres a quienes nadie ponía procedencia ni ámbito familiar. Todas las parentelas chinas en París se conocían entre sí por círculos concéntricos de relación o parentesco. Cuando un individuo surgía en una ciudad sin que nadie lo conociera, la comunidad daba su señal de alarma. Esta vez, la organización fue avisada porque buscaba a un hombre mayor, esquivo, que se relacionaba poco y llegaba de fuera del país. Aquel profesor de Taijiquan daba el perfil.
            Aún le quedaba comprobar los otros tres nombres, pero, si finalmente era él, saber dónde vivía no le llevaría demasiado tiempo".
                                                                                 (Donde acaban los mapas)
           

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