martes, 13 de marzo de 2012

Escritores y lectores hoy. La tercera vía

           Sigo desde Internet las líneas, las antiguas y las novedosas, que están siguiendo los autores para hacer llegar su creación al público. Y veo que, como no podía ser de otra manera, surgen iniciativas que se desligan de los cauces tradicionales. En el caso de los escritores, existe, tras el consabido intento de contacto con las editoriales para que publiquen sus manuscritos, otras que están llenando las páginas de la red.
            Internet, en forma de blog, páginas webs, foros y redes sociales, se ha convertido en vehículo de transmisión de nuestro trabajo. Y, con ello, en tantas iniciativas casi como personas.
            Las editoriales son empresas que buscan beneficios, y eso es algo legítimo sobre lo que no podemos debatir. Es su negocio y punto. Es decir, las editoriales no quieren PUBLICAR libros, sino VENDER libros. No son ONGs. El autor también quiere vender su obra y es ahí donde cada uno debe pensar qué camino le parece más adecuado. Otra cosa es el injusto reparto de los beneficios del producto, donde el más olvidado es, precisa y absurdamente, el creador. Pero se publica poco, el mercado es pequeño y restrictivo (no hay espacio ni tiempo para experimentos) y los precios altos.
            Así que un autor puede intentarlo por esa vía y esperar seis meses por editorial a que, más que probablemente, le digan que no. O, si tiene suerte y su obra es decididamente brillante, deberán vender muchos miles de ejemplares para poder comer austeramente mientras da forma a su segundo libro.
            La segunda vía es más independiente. El escritor sube su obra a Internet y no tiene por qué aguantar ni intermediarios ni esperas. Directamente al público. Esta opción sería ideal si no fuera porque también la red, como las librerías y las editoriales, está saturada. Aquí el mercado no es pequeño, pero esa necesidad perentoria que tenemos los escritores de transmitir nuestras historias nos lleva a regalar el trabajo de dos años o su venta por 0’30 céntimos de beneficio por libro.
            ¿Es esto un atajo? No estoy segura de que sea así. Tengo mi ordenador repleto de novelas cuyos autores las regalaban en descargas legales y gratuitas, pero que no voy a leer en los próximos meses por falta de tiempo y poca información sobre la obra. Por otra parte, la bajada de precios para abrirse un hueco entre tal maremágnum ha llevado a una situación extraña. Treinta céntimos al autor por dos años de trabajo, me parece llamativo, cuanto menos. Me encantaría que el fontanero, o que el informático que viene a arreglarme en media hora el ordenador, me cobraran 30 céntimos por su trabajo. Tan especializado y laborioso como el mío. ¿Cuál es la solución, entonces? No veo por ninguna parte a pintores regalando (ni siquiera en Internet) sus cuadros, sus acuarelas, sus óleos. ¿Por qué se supone que los escritores deben hacerlo? ¿Es que escribir bien es más fácil?
            Es normal leer en Internet, o escuchar de viva voz, a autores que se dan por satisfechos por el mero hecho de que alguien les lea, sin más. Muy respetable. O quienes regalan sus novelas para llegar a más público. Muy respetable. O quienes aguardan media vida hasta que una editorial coge el teléfono y les da la buena nueva. Muy respetable. Pero yo opto por una tercera vía, que ya utilicé cuando publiqué mi tesis doctoral. Alejada de editoriales que jamás retribuirían mi trabajo de nueve años, y que me ofrecían publicar a cambio de absolutamente nada (“por verla publicada”), decidí ser “comercial” de mi propio trabajo y autoeditarla. Las satisfacciones, económicas y personales, que me ha dado esa elección (todavía en la actualidad, y han pasado diez años), jamás las pude soñar. Ser dueña absoluta de tu trabajo es lo más fascinante a lo que se puede aspirar.
            Los músicos y los profesionales audiovisuales hace tiempo que se dieron cuenta de que existen miles de posibilidades aún por explorar. Y siguen indagando nuevas fórmulas. Nosotros nos hemos anclado en los viejos moldes de siempre y parece que nos cuesta salir de ahí. Debemos apostar más por la iniciativa y por las distintas maneras de contactar con nuestros lectores. De hacerles partícipes de nuestro proyecto, que no es otro que el de contarles historias que les entretengan, que les emocionen, que les hagan percibir sensaciones con las palabras. El escritor Juan Gómez-Jurado, uno de los pocos con verdadera creatividad para ofrecer soluciones a la “industria” editorial, afirma que no importa el soporte sobre el que leamos (papel, formato electrónico, móviles…) sino saber atrapar al lector con buenas historias. No puedo estar más de acuerdo.
            Creo en una literatura de combate, de lucha cuerpo a cuerpo por ganar lectores uno a uno. Creo en un acercamiento a cada lector casi con nombres y apellidos, para mimarlo y ofrecerle lo mejor de tu trabajo. Creo en una remuneración justa (por Internet, yo daría a escoger a cada lector que pagara el valor que estimara por la novela).
            Cada día veo más claro que escribir por escribir no tiene mucho sentido si nuestra vocación principal, transmitir emociones a través de historias, no llega a un público amplio. Internet lo posibilita, pero también las firmas de libros, los encuentros con los lectores en charlas o grupos de lectura, en ferias del libro, etc.

             Donde acaban los mapas seguirá esta tercera vía. Al menos, al comienzo de su andadura. Luego, cuando no pueda llegar más allá, será seguramente el interés de los lectores el que ahonde el camino o lo cierre para siempre. Se venderá por Internet previa petición en el blog, tanto en papel como en formato digital. También presencialmente en firmas de libros y charlas por las ciudades más importantes de España. Mano a mano, firma a firma, cara a cara. Sonriendo porque, por fin, el milagro del encuentro entre escritor y lector se ha dado en toda su plenitud. Y quien desee seguir de verdad la aventura de esta historia (la de escribirla y la que se narra en sus páginas), podrá tener la certeza de que, con su compra, ha contribuido a que ese cordón umbilical entre las dos partes siga siendo el motor eterno de nuestro trabajo.

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