lunes, 12 de marzo de 2012

Un hombre huidizo

"Un hombre mayor, de casi setenta años y que apenas hablaba francés, descendía ágil de un vagón de tren en el centro de París y se sumergía ensimismado en el humo brumoso de la ciudad. Llegaba de Italia, donde había permanecido un año, pero antes vivió en Holanda, Bélgica y en otros lugares que ya casi había olvidado. Porque deambulaba por Europa como lo hace un perro callejero por las calles de un pueblo que apenas conoce: deprisa y con miedo.
El hombre, de origen chino, huía de algo, o de alguien. Por eso prefería llevar poco equipaje: una pequeña mochila de cuero y un bolso en el que guardaba algo de ropa, unos cuantos libros y una pequeña caja de madera, apaisada y estrecha, con documentos personales.
Había aterrizado en Francia como podía haberlo hecho en cualquier otro rincón del mundo, con la certeza de que tal vez también dejara pronto el país. Pronto y en silencio. Como en los últimos quince años. Rápido y sin mirar atrás.
Antes de que ellos, incansables siempre, consiguieran algún día dar con él.  


Media hora antes, un joven oriental miraba al anciano de soslayo. Éste apretaba contra su pecho los dos bultos que componían su único equipaje. Se mantenía en silencio, distraído. Apenas percibió la presencia del muchacho.
Ryu se había sentado enfrente de él.
Acarició la pequeña hendidura cercana al labio, recuerdo de una pelea callejera de adolescente en los suburbios de Génova, como solía hacer cuando se concentraba en una idea o buscaba soluciones a un problema. El cristal de la ventanilla del tren le devolvió el paisaje acelerado y difuso de las proximidades de la ciudad. Estaban llegando a París y debía actuar con rapidez, sin perder un instante. Se incorporó hasta el anciano y le habló en chino:
-Señor, ¿viene a Francia por primera vez? –dijo, pareciendo querer comenzar una conversación de cortesía con un compatriota.
No obtuvo respuesta. Jing Tao apenas lo miró. Ryu volvió a dejar descansar su espalda sobre el cómodo respaldo color corinto. La persona más cercana que pudiera escucharles se encontraba a varias plazas, pero quiso ser prudente.
Se aventuró de nuevo.
-Vivo en Hong Kong, ¿y usted? Viajo a Europa un par de veces al año por negocios.
Pero Jing Tao parecía encontrarse muy lejos en ese momento. Sólo una reflexión ocupaba su mente. Calculaba la distancia que le quedaba hasta llegar a la capital y los kilómetros transcurridos hasta entonces, mientras seguía apretando su mochila y su bolso contra sí mismo. Llevaba horas sentado en el mismo sitio, sin más gesto que un mirar nervioso de vez en cuando para descubrir cómo la ventanilla engullía el paisaje. Se tocó las piernas, entumecidas por  la inmovilidad.
Ryu no fue ajeno al desinterés del anciano. Sacó entonces de su bolsillo un periódico doblado mil veces y lo desplegó despacio, al tiempo que hablaba con naturalidad.
-Es buena época para los negocios. Importación-exportación, ya sabe. Europa necesita liquidez y el crecimiento de nuestro país posibilita hacer buenas transacciones.
El tren comenzaba a entrar en las afueras de la urbe. Ryo no pasó por alto el detalle. El tiempo apremiaba.
-Afortunadamente, estos países han descubierto los beneficios de consolidar relaciones económicas con nosotros –sonrió el joven, con un relámpago de picardía en los ojos-. Y de esto, la única beneficiada es China.
Ryu se había vuelto a acercar al anciano mientras bajaba la voz al pronunciar su última frase, en un deseo que involucrar a su interlocutor en algo que parecía querer ser una confidencia.
Al escuchar esto, Jing Tao pareció reaccionar. El tono del joven y su afirmación le habían parecido una insolencia. Fijó sus ojos, pequeños y oscuros, en el rostro de Ryu. Su voz sonó hueca, desprovista de vida. A Ryu se le heló por unos segundos la sangre ante la contestación:
-Querrá decir: “usted”.
-¿Cómo? –parpadeó, sorprendido ante la súbita reacción y el color de sus palabras.
-Que el único beneficiado será usted –repitió un hierático Jing Tao, que comenzaba a sentir un agudo desprecio por aquel muchacho molesto.
-No entiendo…
-No mezcle a China con sus ambiciones personales. 
            Ryu sonrió ampliamente para sus adentros, pero se cuidó mucho de demostrarlo. Estaba satisfecho. Por fin había logrado abrir la imperturbable personalidad de aquel hombre. Y lo había conseguido arañando su orgullo. Se sintió hábil y válido para continuar en todo aquello.
Acarició de forma mecánica la cicatriz, casi sin darse cuenta, pasando una y otra vez su dedo sobre la piel suave de su contorno, mientras observaba ya sin pudor  cada uno de los movimientos de aquel anciano".

                                                      (Inicio de Donde acaban los mapas)


2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Hola,Luz.La estoy reduciendo(me había salido muy larga).Después ya la haré llegar a los lectores,seguramente en presentaciones y firmas de libros.Estate atenta a mi post sobre ello hoy mismo. Un abrazo.

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