sábado, 24 de noviembre de 2012

"Llegué a París un doce de septiembre por la mañana, con una pequeña maleta (nunca viajo con demasiado equipaje; es algo que he aprendido a lo largo de los años), mi documentación, algo de dinero y unas gafas de sol de marca como único capricho. Vestida con pantalones cómodos y zapatillas de sport, una camiseta blanca y un abrigo tres cuartos ajustado. Ni una sola complicación. La segunda lección que aprendí con mis viajes es que la sencillez debe formar parte de la primera página de tu pasaporte, al lado mismo de los datos personales y tu foto. 
Aterricé a las doce del mediodía en el aeropuerto, entre prisas de turistas y hombres de negocios. Día doce, hora doce. Pensé que la coincidencia no podía traerme más que suerte. Me encontré una ciudad bella y ordenada, que ofrecía espíritu de bohemia y la visión de su arquitectura de edificios levantados a golpe de cartabón, tiralíneas y el talonario holgado de la burguesía del XIX. Calles atestadas de bullicio de café y oficinas, estudiantes y aprendices de artistas, locales de antiguos cabarets reconvertidos en lugares de ocio vecinal, banderas despuntando por encima de los tricornios de piedra de los ventanales y un Arco del Triunfo que se desplegaba ante mí al fondo, mientras me miraba fijamente con su único y gigantesco ojo.
Bueno, me dije, quizá esto no sea tan duro como imaginaba".  

                                                        (DONDE ACABAN LOS MAPAS)

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