sábado, 8 de diciembre de 2012

Arturo Pérez-Reverte

Lo vi un día por el Paseo del Prado madrileño, hace algo más de dos años, en una tarde lluviosa de otoño.
Llevaba un paraguas que empuñaba con fuerza y golpeaba rítmico en el suelo al compás de sus zancadas. Elegante, con cierta pinta de gentelman inglés, sonreía a su paso con aire decididamente amable. No quise decirle nada. Ni siquiera un saludo o un "gracias, maestro, por escribir". No suelo acercarme a gente famosa en la calle para no molestarles. Y menos lo iba a hacer con él.
Mi primeros recuerdos de Arturo Pérez-Reverte se remontan a sus crónicas en el telediario sobre la guerra de la antigua Yugoslavia. Aquel hombre sumamente delgado, de rostro afilado (tanto como sus palabras ya entonces) y unas gafas demasiado grandes, me atrapaba cada vez que salía en pantalla esquivando las balas para no ser tiroteado, mientras nos narraba la actualidad, y la crueldad, de aquella guerra vergonzante.
 Algún tiempo después, uno de mis hermanos trajo a casa la primera incursión en novela del periodista, La tabla de Flandes. "Léelo, trata de ajedrez", me dijo. Tenía yo veinte años y era una más que notable jugadora de ajedrez. Había empezado con seis años y podía decir que mi nivel de juego destacaba (curiosamente, a los veintitrés años, más o menos, lo dejé, y apenas he jugado una o dos veces más en los siguientes veinte años).
Aquella lectura me devolvió la ilusión por la novela. Andaba yo, por aquel entonces, en proyectos y realidades de cortometrajes, guiones para televisiones locales (por cierto, alguno me plagiaron en la televisión local de un "magnate" provincial, que también controlaba el periódico de la ciudad), y otros empeños audiovisuales, como documentales de carácter histórico. Pero muy alejada de la novela, de la que me había separado hacía tiempo.
La tabla de Flandes me fascinó, como lo harían casi todas las novelas de Pérez-Reverte. Alguna de las que él no se siente muy satisfecho, según ha confesado alguna vez, forma parte de mi selección de favoritas: La carta esférica.
Maravillosa El Club DumasLa piel del tambor... Esa etapa clásica de Pérez-Reverte fue siempre mi preferida. Y a esos libros vuelvo cuando la melancolía me pide recuperar viejas sensaciones perdidas.
Lo he seguido después en sus artículos del dominical de ABC. Albadonazos que irritan a muchos, pero que a mí me encantan; incluso en sus excesos. "Ladran, luego cabalgamos". Ahora ha vuelto a publicar una nueva novela. Lo celebro. Ojalá me tropiece con él en algún otro momento, en una mañana o tarde de frío y lluvia, como aquel día de hace más de dos años, por las calles bulliciosas de Madrid. Lo miraré de reojo, entusiasmada y nerviosa a partes iguales, pero, puede estar seguro, tampoco le diré nada. Aunque por dentro piense: "Muchas gracias, maestro, por escribir".

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