lunes, 21 de abril de 2014

Sobre Cien Años de Soledad


"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Cuando comencé a leer Cien años de soledad, aquel verano en el que ya había cumplido los veintiséis, supe que había llegado el momento adecuado para que la obra de García Márquez me atravesara los sentidos.

Ese inicio, y la siguiente frase, “Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”, fueron la antesala de un espectáculo fascinante que corría por páginas llenas de vida, secretos de alquimia y siglos, aromas, pisadas de advenedizos, cortinillas oscuras que va dejando el alma y voces, muchas voces. Voces de muertos, de familias rotas, de familias nuevas, de amores, traiciones, penas y dolor. De gentes que van y vienen, y perduran o no, abocados al éxito o al fracaso más absoluto. Personajes de tierra y luto, bodas envejecidas, hijos de la noche y el día, ferias como balcones abiertos, sortilegios, revoluciones de antaño, sangre, huellas de lluvia, viento, cementerios construidos para enterrar la historia de los que nos precedieron, realismo, dignidad, verdad, sueños, magia. Campos de agua y campo seco como metáfora de nosotros mismos.

Páginas de existencias que marcan a fuego una estirpe entera que camina entre rastrojos hacia su desaparición. Porque todo cabe en un siglo donde hombres y mujeres nacen condenados a la soledad y al estigma de ver perecer su aliento en el olvido.

Y como telón de fondo, abocado a la destrucción como en una maldición bíblica, emerge Macondo, fundada a orillas de un río por el primer Buendía y lugar soñado por García Márquez para ubicar la casa familiar de toda una estirpe inolvidable. Macondo, el mito, icono de lectores y escritores durante generaciones, donde resuenan los sueños de miles de historias que llegarían después. Como llegó para mí El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada o El amor en los tiempos del cólera.

 Siempre recordaré cómo y cuándo leí Cien Años de Soledad. Como Aureliano Buendía recordaba cuándo conoció el hielo. Las horas de calor y lectura, los párrafos repetidos una y otra vez ante mis ojos, siendo consciente de que estaba leyendo algo único e inigualable.

Con la pérdida de Gabriel García Márquez se nos marcha un autor de literatura con mayúsculas, un referente, un genio que hemos tenido la suerte de compartir en este y el anterior siglo, un maestro.  Quizá el último descendiente de la estirpe de los Buendía. Tal vez la sombra que vagará por siempre entre los muros invisibles de Macondo. Descanse en paz en la eternidad de los libros.

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