jueves, 21 de julio de 2016

Entrevista para Lecturas Compartidas


Me llamo Ana Belén Rodríguez Patiño (siempre firmo mis libros con los dos apellidos, porque para mí la rama familiar materna es muy importante). Nací en la ciudad de Cuenca, aunque me he criado en Madrid desde muy pequeña (desde los dos añitos). Sin embargo, mi vida como lectora y escritora está siempre unida a mi ciudad natal, en las vacaciones donde leía todo lo que había por casa, que afortunadamente era mucho.
Siempre quise ser escritora. Otras cosas también, como todos los niños, pero sobre todo escritora. Fui soñadora, muy tímida y amante de la libertad (mis personajes la buscan constantemente). Siempre me vi viajando, estudiando Historia o Arqueología, y escribiendo. Al final, estudié Historia, me doctoré con un tema sobre la Guerra Civil, y no he parado de escribir (poesía, reseñas, cuento, monólogos de humor y teatro de pequeño formato, adaptaciones, guiones, artículos, ensayo, etc). Es verdad que lo de novelista no lo tenía pensado. Me encantaba la investigación histórica, así que he trabajado muchos años en ello. Y he tenido la suerte de dirigir teatro y documentales para la Universidad, (dirigir cortometrajes me crea mucho estrés, pero escribirlos y montarlos, todo lo contrario). Ese era mi camino, en realidad. Como también escribía algo de relato corto, un día una amiga me convenció para alargar un argumento que le conté y que le había gustado muchísimo. De ahí salió la novela Donde acaban los mapas (Edit. Palabras de Agua, 2013), que trata del peso de los recuerdos, del destino que no elegimos, de la memoria selectiva y de la losa de los regímenes totalitarios en las conductas individuales. Después, una novela juvenil en 2014, Gustavo Adolfo y el misterio de los esqueletos andantes (Edic. Juno), un ensayo de actualidad económica con una experta en finanzas, un poemario, y Todo mortal. Ahora ya sólo escribo novela.


¿Cuál fue tu primer acercamiento al mundo de la literatura? ¿Tuvo la culpa algún libro u autor en particular?

Como lectora, tuve la suerte de que mi casa estaba llena de libros, y la de mis abuelos también. Comencé con cuentos y libros juveniles de mis hermanos o que mi madre me compraba. Poco después, y gracias a las clases de Lengua y Literatura del colegio, a los once años descubrí a Bécquer por un poema que nos mandaron aprendernos de memoria. Mi hermano tenía las Rimas y las leí completas. Al año siguiente recuerdo que le pedí a mi madre, ante su asombro, el Romancero Gitano, de Lorca, que me encantó, aunque supongo que entendí la mitad. A partir de entonces, me hice muy lorquiana y comencé a leer su teatro. También leía libros no muy acordes para mi edad. Siempre fui una niña un poco rara, jeje.

A la hora de escribir, ¿sientes vocación, pasión, necesidad…?

Pues todo ello a la vez. Nunca sopesé en mi vida otra cosa que no fuera escribir, ya fuera ensayo, guiones, etc., que era por donde creía que iba a discurrir mi vida de escritora. No me planteé en serio escribir novela hasta el 2010, aproximadamente. Y siempre he escrito por una necesidad de expresar cosas que, de otro modo, y por timidez, sería incapaz de transmitir.      

Cuando escribes, ¿piensas en las emociones que puedes despertar en los lectores o prefieres dejarte llevar por sus pasiones?

Mi premisa es siempre emocionar. Creo que un libro siempre “te tiene que llegar”: emocionarte, hacerte pensar, descubrirte nuevas cosas… Y luego saber expresar esas intenciones. Pienso que la literatura debe ir más allá del mero entretenimiento. Debe removerte cosas por dentro. Y me gusta emplear una prosa elegante para hacerlo. Sin duda, esta última es la característica que más me gusta que me recuerden cuando comentan mis libros.

Como historiadora y escritora, consciente de lo mucho que hicieron y sacrificaron las anteriores generaciones femeninas en el mundo literario, y que queda perfectamente reflejado en Todo mortal. ¿Qué opinión tienes, nos hemos igualado en este terreno antiguamente dominado por el género masculino, o aún nos queda mucho camino por recorrer?

Es un hecho que hay más lectoras que lectores, aunque sean más los escritores que las escritoras. Sobre la mujer recae aún la mayoría de las cargas familiares, y eso dificulta la tarea de escribir por falta de tiempo. Muchas de ellas tienen su jornada laboral de ocho horas, llevan su familia y escriben cuando pueden. Tampoco hay que olvidar la escasísima presencia en la Real Academia de las autoras, y no creo que sea por la falta de méritos, cuando hemos tenido grandísimas autoras en estos 300 años. Pero también creo que todo ello evolucionará más deprisa que antes. Los cambios sociales y de mentalidad no tardarán tanto en llegar, por lo que podemos ser optimistas. Yo al menos lo soy.

¿Cómo surgió la idea, como se fraguó Todo mortal? Y, ¿con qué personaje femenino y/o masculino te identificas más?

Trabajo mucho mentalmente mis novelas. Apenas utilizo el papel o el ordenador antes de escribir (ni después). Lo guardo todo en la cabeza. Como lo repaso continuamente, no se me olvida. Es todo como un rompecabezas gigante que al final tienes que hacer encajar. Una madrugada me desperté con la idea de escribir una historia de misterio sobre Bécquer. Quizá fue porque en esos días estaba dándole vueltas sobre lo que iba a contar tras el primer libro. La gente no paraba de decirme que le había gustado mucho la primera novela y que cuándo escribía la siguiente. Estaba preocupada por no defraudarles y durante un tiempo sentí muchísima presión. Cuando me surgió el tema y comencé a documentarme, se me quitaron todos los miedos.
Respecto a la segunda pregunta, no me identifico con ningún personaje en sí, pero tengo un especial cariño por Manuela Monnehay, que desde el principio me pareció una mujer muy misteriosa, y de la que nunca hubiéramos sabido nada (no tuvo descendencia) si no fuera porque fue muy importante en la vida de Bécquer. Gracias a esto, es mecionada en las biografías del poeta (por cierto, él apenas lo hizo) y se ha podido sacar algo de información en los archivos. Yo sigo fabulando sobre ella, sobre todo para mi tercera novela, El mensajero sin nombre, aunque aún no sé el peso que tendrá en ella. Me parece un personaje apasionante. Como historiadora, me gustaría investigar en más cosas, pero eso me supone una estancia larga en Sevilla que, por el momento, no es posible. También adoro al personaje de Emilio Bravo.

Una vez leí que un escritor una vez que ve su libro publicado deja de pertenecerle para pasar a formar parte de los lectores, ya no se le considera solo obra o parte del autor. ¿Crees que Todo mortal, va recorriendo ya ese camino, que se aleja o lo sientes aún muy arraigado a ti? ¿Está recorriendo el camino que le habías marcado o que tenías previsto? ¿Cambiarías algo de la novela o del procedimiento?

Si quieres que te diga la verdad, nunca releo mi novela después de terminarla. Si lo hago, es para corregir de nuevo cada página, pero no para disfrutarla. Para mí ya es pasado y pertenece a quien la lea. Es su evolución natural. Cuando voy terminando un libro, comienzo a pensar en el próximo de forma automática. Otra cosa es que esté orgullosa de mi novela. La ideé expresamente para un concurso literario, de ahí que tenga una prosa muy poética, y estoy satisfecha con el resultado. A la gente, afortunadamente, también le está gustando mucho, a pesar de ser muy distinta a Donde acaban los mapas. Lo que sí haré próximamente será corregir algunas cosas de ella que creo que tienen que ser mejoradas.

Dentro del mundo literario las cosas están bastantes difíciles, sobre todo para los que comenzáis e intentáis haceros un hueco en este mundo. Como escritora y lectora, ¿cuál crees que es el mejor impulso para promocionar una novela? (Él boca a boca, el marketing, grupos y páginas a través de las redes sociales, ¿cuál crees que tiene mayor repercusión?)

Creo que es un poco de todo. Yo tengo lectores que supieron de mí por las redes sociales, pero tengo aún más los que no las usan. Estos me conocieron en las presentaciones de Donde acaban los mapas y me han seguido fielmente en esta nueva. Es importante que una editorial te dé una oportunidad. En mi caso fue Palabras de Agua, cuyos editores confiaron en mí, y en mi primera novela, y eso nunca lo podré olvidar. Esta segunda la ha publicado la Editorial Playa de Ákaba como parte del premio de ganar el concurso Mujer al viento 2015.
Respecto a la repercusión posterior, todo influye, pero lo fundamental es que a los lectores les guste mucho cómo escribes. Sin eso, te olvidarán pronto en este maremágnum de autores de hoy en día.

Una vez leí a un joven escritor comentar que las redes sociales pueden alzarte o sepultarte, es decir, igual que puedes darte a conocer y promocionar tus novelas, también pueden apalearte con las malas críticas y hacerte caer en picado incluso antes de llegar a ser reconocido. ¿Qué opinión tienes sobre las redes sociales, a ti te sirven como ayuda para difundir tus novelas, o te da reparo o miedo a leer críticas desfavorables que puedan repercutir en tu profesión y en tu vida?

Yo no puedo tener más que opiniones favorables sobre las redes. Me hubiera sido imposible tener lectores en Orense, Cádiz, Lérida, etc. sin ellas (facebook, principalmente). Todo, absolutamente todo, ha sido positivo. Y poder hablar de tú a tú con los lectores (y con otros escritores) a través de ellas, es lo mejor que te puede pasar. Y a mí es lo que más me gusta. Luego los conoces personalmente en las presentaciones y es fantástico. Los internautas son siempre muy educados con los escritores en las redes. A mí no me dan ningún miedo: me encantan.

Y por último, ¿crees en los finales felices?

En la vida, regular, claro, pero en la literatura (como en el cine) yo siempre he optado por la idea de que se ha de transmitir valores esenciales, que se debe inculcar las cosas buenas que tenemos como humanos: lealtad, generosidad, amor, amistad, nobleza… Esta es la verdadera base de mis libros. Mis personajes son honestos, o fieles a sus ideas, o a sus sueños, o quieren cambiar el mundo, o simplemente ayudar a los demás. Pueden pasar problemas (sin conflicto, no hay novela), pero huyo de las mezquindades, de la violencia, de la agresividad. No me regodeo jamás en eso. Bastante tenemos en el mundo real. La literatura no es un mero entretenimiento: debe ayudarnos a ser mejores, o a encontrar lo positivo de la vida y de la gente. Por eso me gustan los finales felices, porque significa que el personaje ha superado su particular calvario (puede ser la dificultad de su época, un régimen opresivo, los prejuicios sociales…) y ha triunfado sobre sí mismo. Y porque se da un mensaje de esperanza, tan importante como la propia historia. Los finales felices nos hacen más humanos y nos reconcilian con el mundo, no tengo ninguna duda. Sí, yo apuesto por ellos. 

Muchísimas gracias, Ana. Te seguiremos leyendo.
Gracias a vosotros, a ti, Esther, y a todos los miembros de Lecturas Compartidas.


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